UN NUEVO PARADIGMA PARA UN CAMBIO PROFUNDO Y FUNDAMENTAL QUE INTRODUCE UNA NUEVA PERSPECTIVA RESPECTO A LO HABITUAL CONCEBIDO COMO CONDICIÓN HUMANA.
Cambiando de paradigma la paradoja encaja
La vida como manifestación de una unidad anterior al tiempo.
Superar la ilusión de la separación
La filosofía, desde sus inicios, ha buscado desentrañar la naturaleza última de la realidad. Frente a la experiencia fragmentaria del mundo, algunos pensadores han afirmado que toda forma visible es apenas la expresión temporal de una unidad invisible y permanente. Esta perspectiva, invita a comprender la vida no como una suma de entidades separadas, sino como el despliegue de un orden profundo.
La percepción ordinaria opera mediante la división: sujeto y objeto, interior y exterior. Sin embargo, al trascender esta mirada dual, se revela la vida como expresión de una realidad anterior al espacio y al tiempo, que subyace a toda forma como una totalidad originaria. Plotino sostiene que “todo está en todo de una manera que no es confusión sino unidad”, afirmando que la multiplicidad es una emanación desde lo Uno. A tenor de esta visión, se disuelven las divisiones, los sesgos y la ilusión de separación. La aparente separación no es más que el resultado de la mirada fragmentada.
El Tao como origen no manifestado
Lao Tsé, en el Tao Te Ching, describe una realidad anterior a toda forma y nombre: “El Tao que puede nombrarse no es el Tao eterno”. El Tao es la fuente inmanente de todo lo que existe, pero no puede ser aprehendido por el pensamiento. Desde esta visión, cada ser es una expresión del Tao, que fluye sin oposición ni separación. Lao Tsé enseña: “Todas las cosas bajo el cielo han nacido del ser y el ser ha nacido del no-ser” (Tao Te Ching, cap. 40), reconociendo una realidad aún más profunda de todo lo conocido, como matriz de toda manifestación. Aquí, la unidad no es conceptual, sino vivida en la aceptación del fluir natural.
Descripción y aclaramientos recombinando significados de estas cuatro frases:
1 La Unidad del Ser. No hay dos.
La afirmación "En el Ser no hay posibilidad de no ser" apunta a una verdad metafísica fundamental: existe un fundamento de toda realidad que es necesariamente esencial e incondicionada. No es algo que pueda aparecer y desaparecer, el Ser no nace ni muere, no cambia ni se opone, sino que simplemente es. Filósofos de diversas épocas han intuido esta base inmutable.
Parménides lo citaba como "ingénito e indestructible" (Parménides, sobre la naturaleza, fr 8).
Baruch Spinoza, por ejemplo, en su obra Ética demostrada según el orden geométrico, concibió como una sustancia única, infinita y sin causa, de la cual todo lo demás emana. Él afirmó: "Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí; esto es, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa para formarse" (Spinoza, Etica, Parte I, Definición III). Esta sustancia no puede no ser, porque su existencia es su esencia misma.
De manera similar, en el Advaita Vedanta, una de las escuelas de pensamiento más influyentes de la India, el Brahamán se describe como la realidad última, eterna e inmutable; es la raíz de todo, un "ser" que nunca puede convertirse en "no ser". Esta simplicidad radical implica que el Ser no puede dividirse en sujeto y objeto, ni en creador y creación. Toda aparente separación emerge solo a nivel fenomenológico, no en la raíz de lo real.
2 De la dualidad a lo indivisible. Más allá del tiempo, siempre es.
El Ser no se encuentra en el tiempo, sino que lo funda. Su "estar siempre" es una presencia absoluta, libre de sucesión o cambio. Cuando se afirma que "No hay dos", se nos invita a trascender la ilusión de la separación que nuestras mentes, a menudo, construyen. Nuestra experiencia cotidiana nos muestra un mundo de objetos y seres distintos, pero la espiritualidad comparada revela que muchas tradiciones apuntan a una unidad subyacente.
En el budismo, el concepto de sunyata (vacuidad) no significa la nada, sino la ausencia de existencia intrínseca y separada de las cosas, revelando su interconexión. Nagarjuna afirma que el tiempo es dependiente del cambio, y el cambio de lo condicionado: el absoluto no se somete a esta lógica. De manera similar, el antiguo sabio chino Lao Tse, en el Tao Te Ching, describe el Tao como la fuente inefable e indivisible de todo, que precede y unifica la multiplicidad: "El nombre que puede ser nombrado no es el nombre eterno. Sin nombre, es el origen del Cielo y la Tierra; con nombre, es la Madre de las Diez Mil Cosas" (Lao Tse, Tao Te Ching, Capítulo l). Esta profunda enseñanza subraya cómo la verdadera realidad está más allá de las distinciones y categorizaciones, revelando una interconexión esencial.
Así mismo, en términos cuánticos, esta comprensión se refleja en la idea de un campo de potencialidad no-local del que emergen las partículas, una realidad que según David Bohm, "no está en el tiempo y el espacio, sino que los contiene implícitamente" (Wholeness and the Implicate Order, 1980). El Ser, entonces, es siempre; con o sin creación, con o sin forma, con o sin contenido.
La meditación, en su esencia, busca desmantelar la percepción fragmentada. Al observar los pensamientos y sensaciones sin apego, se comienza a ver cómo la supuesta "separación" entre el observador y lo observado se disuelve, abriendo la puerta a una vivencia directa de esta unidad.
3 La existencia como manifestación. El movimiento en lo creado como expresión de lo que es.
Aunque el Ser es absoluto y no dual, su manifestación adopta la forma de movimiento, multiplicidad y transformación. La frase "Siempre es, con y sin existir, con y sin creación, con y sin contenidos" señala una profunda paradoja: la realidad esencial es tanto el aparente vacío informe como la aparente plenitud de toda forma. Es lo que permanece cuando no hay "nada", y lo que anima a "todo".
Como describe Lao Tsé: "El Tao actúa sin hacer, y sin embargo no deja nada sin hacer" (Tao Te Ching, cap 37). El movimiento de lo creado -desde galaxias hasta pensamientos- expresan lo que es en términos de forma y relación.
En lenguaje contemporáneo, podríamos decir que el universo es un campo de energía estructurado por información implicada, donde cada fenómeno es una onda en el océano de lo real.
Esto nos lleva a la distinción entre lo manifestado y lo inmanifestado. Eckhart Tolle, un referente contemporáneo de la espiritualidad, describe esta cualidad en su obra El Poder del Ahora: "En el centro de tu ser hay un espacio de quietud que no se ve afectado por el mundo exterior, un espacio que permanece en silencio y en paz". Esta quietud es lo sin contenido, la fuente de la cual emergen todas la formas.
En la meditación, buscamos conectar con este espacio más allá del flujo constante de pensamientos y percepciones. Al soltar la identificación con los "contenidos" de nuestra mente (ideas, emociones, sensaciones), podemos experimentar lo que "es", una "vacuidad viva" de la que surge toda creación.
4 De la creación al silencio. La dinámica de la vida. Una mirada holística y cuántica.
Finalmente, la afirmación "Vive, y el vivir mueve lo creado" nos conecta con la vitalidad inherente de esta realidad primordial. Es "lo vivo" que se expresa dinámicamente. Es la fuerza que impulsa el universo, la energía vital que da vida a todo lo que existe. El filosofo y orador Jiddu Krishnamurti, a quien pude ver en tres ocasiones, a menudo hablaba de la "atención sin elección" como para vivir esta energía. El sugería: "El acto de observar es el acto de percibir la inmensidad de lo que es, sin la interferencia del observador" (Krishnamurti, La libertad primera y última).
Si me permiten expresar, cuando la mente se aquieta, y la división entre observador y observado se reduce al máximo, podemos percibir como un Amor, una Inteligencia y un Poder vivos fluye a través de todo, desde el movimiento de las galaxias hasta el latido de nuestro corazón. No es una acción predeterminada, sino un movimiento natural, una danza inherente a la naturaleza misma del Ser que se manifiesta en la totalidad de la creación.
La visión fragmentaria -que separa mente y materia, individuo y cosmos- ha sido cuestionada tanto por las filosofías tradicionales como por enfoques actuales de la ciencia. Como se ha dicho anteriormente, David Bohm propone una "totalidad indivisa en movimiento" donde lo mental y lo físico son aspectos de un mismo proceso.
En paralelo, la física cuántica ha mostrado que el observador y lo observado no están separados: el acto de observar modifica lo aparente real. Esta comprensión converge con el principio budista de la interdependencia, según el cual "nada existe por sí mismo": todo es relación. Así, lo creado no es independiente del Ser, sino su expresión relacional en el tiempo.
CONCLUSIÓN:
Una reflexión final. El "regreso" a lo simple: ser, vivir, manifestar.
El Ser no puede dejar de ser. No nace con el mundo ni desaparece con su fin. Vive sin necesitar forma, estas emergen como expresión y contenido.
Comprender esto no es una abstracción metafísica, sino una forma de ver y habitar el mundo: vivir conscientemente desde el Ser es reconocer que no hay afuera ni adentro, nada que poseer ni nada que temer. En esta visión, la espiritualidad no se opone a lo conceptualizado como mundo, sino que lo revela como la danza sutil de una "presencia" que nunca cesa.
Hemos recorrido un camino desde la afirmación de que "En el Ser no hay posibilidad de no ser" hasta la comprensión de que lo que es "vive, y el vivir mueve lo creado". La filosofía y la espiritualidad comparada nos muestran que la unidad primordial es una constante en diversas tradiciones, mientras que la meditación ofrece una vía práctica para vivir directamente la ausencia de dualidad y la propia naturaleza inherente.
Comprender que "hay dos en lo creado y no somos dos", a la par que, "el diseño de la existencia es un flujo ininterrumpido", puede transformar radicalmente nuestra percepción del mundo. Nos invita a soltar las ilusiones de separación, a reconocer nuestra profunda interconexión con todo lo que existe y a vivir con mayor coherencia y paz.
Esta verdad simple y profunda, nos recuerda que la esencia de la vida ya está presente, plena y completa, siempre disponible para ser reconocida más allá de la mente que intenta fragmentarla.
Separación en lo fenoménico:
Cuando estamos en el cambio estamos en lo manifestado, en el plano fenoménico. Aquí, la experiencia se define por la separación y la individualidad. Actuamos mientras pensamos, sentimos y hablamos desde la perspectiva de un "alguien individual" que se percibe distinto de su entorno que puede mirar y ver. Y tenemos esta opción de quedarnos ahí, donde hay "lo uno, lo otro y lo de más allá", aquí donde la distancia se establece, el espacio y el tiempo nos configuran y nos distinguen de los demás. Donde el individualismo emerge como límite.
Esta es la realidad que la mente dualista percibe: un universo de objetos y sujetos separados, donde el observador es distinto de lo observado. Es el terreno egoico, donde la identidad se construye a partir de la distinción y la relación con lo externo.
Aquello que no se nombra. Lo inmanifiesto. El motor silencioso:
Otra opción se sitúa a otro compás que, silencioso y previo, hace que todo ello funcione en lo cognoscible como una "fuente" o "trasfondo". Ese algo es independiente de las distinciones y separaciones que percibimos en lo fenoménico, pero paradójicamente, es lo que propicia que se de una nueva forma de mirar lo mensurable, tangible y nombrable y lo hace posible.
Aquí, me refiero, a un principio subyacente y unificador, que si bien incluye la manifestación en su espacio y tiempo, es su causa y fundamento.
Desde una perspectiva filosófica, podríamos relacionarlo con la Sustancia de Baruc Spinoza o el Tao de Lao Tsé, así como en el campo cuántico, el Orden Implicado de David Bhom.
La mirada unificada: la verticalidad soltando al apreciador
Esta segunda alternativa es crucial: es el paso de lo fragmentado a lo unificado. Cuando se "vive esa segunda alternativa", se puede trascender la visión dualista. Al vivir "la causa sin causa" algo procede y para quien lo viva ya no se limita a ver el universo como una colección de partículas separadas, sino como una danza de partículas en la unidad con todos sus distingos y formas. Dicho en otras palabras, "se percibe a través del movimiento creado como partícula llamada 'universo' con todos sus distingos como manifestación de lo indiviso" seria una expresión de ese Ser unificado. Así pues, la multiplicidad no niega la fuente; la expresa. Lo creado no se opone a lo Uno; lo revela.
Para el ser humano, esto implica ir a la "médula columnar en lo vertical", una metáfora que sugiere un alineamiento interno profundo, una gestación en un "otro orden de cosas". La clave es: -mirar desde el origen de lo que se ve, soltando el que mira-.
Esa disolución del sujeto – objeto es un pilar en muchas tradiciones contemplativas. El místico persa Rumi, en su poesía sufí, a menudo evoca esta unidad, disolviendo las fronteras de lo individual: "No soy de este mundo, ni del que sigue. Mi lugar es el sin-lugar" (Rumi, Divan-e Shams-e Tabrizi). Esa expresión resuena con la "apreciación sin el apreciador. Es un vivir en que la identificación con lo creído de ser se ha disuelto.
La conexión cuántica y la inclusión como reconocimiento de si.
Este nivel de unidad no es ajeno a las exploraciones de la física cuántica, que, aunque se ocupa del mundo material, ha revelado una sorprendente conexión en el nivel subatómico. Conceptos como el entrelazamiento cuántico, donde partículas separadas permanecen conectadas sin importar la distancia, desafían nuestra percepción como objetos independientes. Históricamente, el filósofo y matemático Pitágoras y sus seguidores ya intuían una profunda unidad y armonía subyacente en el cosmos, creyendo que el universo podría entenderse a través de las relaciones numéricas y la música, revelando un orden cósmico unificado: "Todo está dispuesto según el número" (Pitágoras, fragmento).
Donde no hay ni uno ni otro, es un vivir que los mantiene en su durabilidad, comprende el espacio - tiempo y sus contenidos y esa es la misma paradoja de siempre a ser vivida por el ser humano. Vale decir, lo temporal en lo intemporal.
Para quien esté presente en el acto de ser consciente de esa paradoja, lo creado pasa a ser aparente y desaparece como tal para él. Sucede cuando tod@ identificador@ ha terminado y ocurre cuando se diluye toda identificación con lo creado. Entonces algo inusitado ocurre en lo esperado y es que toda creación es abarcada por lo increado que la sostiene sin distingos y comprendiendo todas las apariencias del cambio.
Para quien sea, se lanza ese desafío a encontrarse viviendo y constatando lo que sería un nuevo paradigma respecto a lo que solemos llamar "Vida" siguiendo y viviendo en ella.
Es después que, ante su menester, disminuye en más o en menos la intensidad de la vibración según emanación de frecuencias en mayor o menor grado. Y es, desde ahí, que se deviene lo que llamamos "Vida" en más y menos densificación y según proceda para que lo llamado "creación" tenga lugar con sus características de cambio y los contenidos adecuados para que en ese universo estemos en formas como figuras visibles y lo no visible.
Sería todo un reto para quien pueda vivir ese algo "nuevo" respeto a toda concepción dada como inalterable.
Vivir no es una anécdota. Es el Sinfín
conteniendo lo finito; dicho de otra manera, sería ser consciente de estar en lo creado como
imagen y semejanza de sí mismo en lo increado y esa sería la paradoja citada desde
nuestros ancestros.
Esta paradoja se diluye cuando se vive ese nuevo paradigma para lo habitual concebido.
Para el ser humano, sería eso sin fin con una Inteligencia
más allá de toda idea de ella, con un Poder más allá de toda concepción, con un
Amor más allá de todo lo concebible por ese nombre.
En “ello” se vive en una magnificencia
de magnitud más allá de toda idea de infinito.
Es evidente que la concepción de evolución no tiene lugar en las creaciones. Lo nombrado en este sentido son índices de una aparente división o fragmentación.
Todo está “ahí” sin ocupar lugar
alguno antes de todo creado, manifestado o expandido, esos sólo son diferentes
verbos sustantivados.
Vivir es la ausencia como partícula, o gota por similitud, estando en cada una de ellas como creaciones; es como el océano que las contiene e impregna a la vez y el ser humano
le sigue llamando una paradoja.
No es cuestión de entender. No hay entendedor ni preguntador ni buscador ni un "quien". Ni siquiera un cómo son realizados los actos ni los hechos.
Ver, ser y vivir es lo mismo,
pero el querer ver, ser, entender o vivir se hace desde lo dividido. Es como
que un plano no puede ver ni ser un volumen, sin embargo, el volumen sigue
estando ahí sin el veedor de planos.
Vivir, es la raíz de donde surge todo. Para el ser humano, la espontaneidad y su movimiento es una vía de conexión; su campo, el silencio centrado, donde se une la verticalidad y la horizontalidad como intención para quien se pone y va a ello. Después, lo que acontece incluye toda creación, lo cual implica ausencia de división.
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